Revista ARTEZ nº 202 (Enero/ Febrero)



ISBN: artez 202

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Podría escribir las verdades más arrebatadas a la razón, aseverar desde la epifanía de este año de júbilo en el que se convocarán a las urnas a la ciudadanía para decidir desde lo más cercano hasta lo global, se alumbrarán las oscuridades con ingenio y solicitudes de ingreso en el parnaso de las más gloriosas dramaturgias del siglo en curso, o describir la situación como una gran tarta de despedida de soltería con un regalo sorpresa dentro: la desaparición de todo lo que estorba para el desarrollo de las artes escénicas. Pero las setas no dan para mucho más, ni el mate me mata, ni me caigo por un barranco y me agarro a una mata. 
No, escribo una editorial delirante, entre la resurrección de las ilusiones y el coma crónico de las estructuras de plastilina que conforman el  medio ambiente institucional, funcionarial, empresarial y laboral en el que se desnaturaliza el teatro y el periodismo. O esa fusión de ambos que se autoproclama periodismo cultural y no se sabe bien si estamos ante un oxímoron o un pleonasmo. Quizás todo desemboque en el postureo seudoprogresista. Con coleta o sin coleta. Enfriaremos el ánimo, para que el amor descanse. 
Un delirio con obsolescencia programada para no acostumbrar mal a los incondicionales del berreo protestón. Vamos a autodeterminarnos como editores, comunicadores, comuneros teatrales libres de impuestos y de dependencias no alcaloides. Vamos  a residenciar nuestra empresa en un paraíso teatral y, a ser posible, fiscal en donde llueva todas las noches a una hora justa para regar nuestras huertas creativas. Se acabaron las críticas a las instituciones y a los desmanes gremiales, ni siquiera nos vamos a fijar en los impostores que suben a los escenarios tras haber bajado a los pilones donde se pastorea la miseria y el desconsuelo.
Se acabó el espíritu crítico, renunciamos a nuestras pompas de jabón tornasoladas, queremos ir directos al meollo, estar donde se cuecen las habas mal contadas, ser parte del sistema que se hunde por si acaso nos toca algo después del naufragio. Queremos dejar de ser marginales o distorsionadores de la bondad exquisita, pedimos el favor de los papas y mamas de la estulticia degenerada, la bendición de los que hacen cuentas con un ábaco trucado. Pedimos vez en la cola de los desharrapados culturales, no tenemos más reservas de integridad, proyecto, ideología y coherencia. Entramos en el mercado y los mercadillos. No nos salva ni el Dúo Dinámico con su maltratada “Resistiré”.
Porque estamos inmersos en remodelaciones, recuentos, cierres, ajustes, desencuentros y en viaje hacia la galaxia de la utopía de donde es difícil volver sin dejarse algún pelo en la escotilla. Todo lo que puede ir a peor, irá. La obcecación se macera en la biografía empalada por la propia historia, por lo que hemos sido y ya no volveremos a ser nunca más. Desabrigados de cualquier simulacro de esperanza infundada, enfrentamos este caminar hacia la gloriosa nada a lomos de una jaca enjaezada de orgullo, complicidades y provisionalidad. Somos un ejército fantasmal de zapadores provisionales de la cultura, de heridos por las artes escénicas que abarrotamos los hospitales de las letras y los telones, de las salas  de sillas de plástico y los tablados adjuntos a los terciopelos. No hay otra solución que levantar la cabeza una vez más, soltar el verso con todas sus sinalefas, no tropezar con los legajos administrativos ni resbalar con las cagadas de las aves gorjeantes. 
Aunque seamos uno y solo, y tuerto y cansado de soñar rodearemos al enemigo agazapado en la desidia, el denigrante ‘ya lo decía yo’, el se veía venir, la desgana y la falta de coraje para cagarse en los muertos de quién haga falta. El tiempo de los florentinos y los chaqueteros se ha terminado. Volvemos a las mazas, al cuerpo a cuerpo, a la dialéctica y al trabajo constante. Sin esperar nada más que ese placer inconmensurable, la gratitud más cósmica, que es saber que se ha cumplido con el deber, con el compromiso, con el destino bordado en tu alma con el adhesivo más potente, la voluntad de hacer este mundo más vivible, de crear a través de la palabra, el gesto, la música, la luz y la magia mundos que contengan este mundo y lo mejore.
En esas seguimos, contamos con legiones se moradores invisibles de un continente imposible de definir, de tasar, de matricular. Cada vez que logremos que esta revista llegue a sus manos, que puedan consultar cada mañana, tarde o noche que quieran alguna noticia, leer alguna crítica, o debatir sin tapujos con un columnista en www.artezblai.com, que vean en los anaqueles de su salón un libro con nuestra zapatilla en el lomo, se habrá atrasado un poco el empobrecimiento al que parece dirigirse nuestra comunidad iberoamericana de las artes escénicas.
Nos sentimos formando parte de un cuerpo que tiene una vitalidad desbordante pero que está preso por los amasijos de un derrumbe de décadas. Si sacamos todos, cada día, un poco de escombros, en un tiempo prudencial nos reconoceremos mejor y podremos construir un nuevo edificio útil, fecundo, solidario, colaborador y que proponga unas artes escénicas que estén incardinadas con las partes más activas de las sociedades donde se hagan. No hay que olvidarse de donde venimos, pero hay que señalar bien alto hacía dónde queremos ir. 
Nosotros acompañaremos incondicionalmente a todos cuantos transiten por esos caminos, vías, autopistas. Es nuestra labor, nuestra vocación, pero que nadie espere reproches, ni lloriqueos ni más dudas que aquellas que nos ayuden a reflexionar sobre nuestra existencia, sobre el arte escénico y sobre quienes lo piensan, escriben, dirigen, interpretan, iluminan, transportan o crean espacios, producen, venden entradas, acomodan o distribuyen. Todos forman parte del mismo cuerpo, lo que sucede es que unos parecen unos parásitos y a otros se les piden demasiados esfuerzos.
Quizás una de las labores primeras sería acabar con las castas teatrales, con los monopolios, las oligarquías, el amiguismo y enchufismo. En nuestro delirio pedimos ya una Ley de las Artes Escénicas. Veremos qué partido incorpora este asunto a su programa electoral sin oportunismo. Porque, oigan ustedes, llega el tiempo de los oportunistas. Atentos todos a los movimientos en las sombras. Hay mucho arribista suelto. 
Brindo por todos cuantos hacen posible la existencia de las Artes Escénicas. Especialmente por los públicos, a los que tanto queremos y tan poco nos quieren. Que el año 2015 les sea propicio.

artez 202

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Editorial
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