Revista ARTEZ nº203 (marzo-abril 2015)



ISBN: ARTEZ 203

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Ni que decir tiene que acompañamos y nos acompañan acontecimientos teatrales que relucen más con la grasa que aporta la necesidad de no dejar agujeros por los que se cuelen votos indecisos. Aunque sea de manera leve, en dirección opuesta a lo previsto en ocasiones, la Cultura también entra en almoneda en tiempos electorales. Cuando menos nadie se atreve a manifestarse en contra, aunque tampoco se atrevan a reponer en las estanterías de las urgencias históricas los planes que ayuden a equipararnos en la materia con sociedades mucho más avanzadas culturalmente. La convergencia con Europa, en general, está menos cerca hoy que hace treinta años.
Pero lo que hoy tenemos no es despreciable, aunque sí muy inseguro. Por lo que me declaro conservacionista. Está todo en manos de la voluntad de los equipos de gobierno, no hay reglamentación ni ley que obligue a ningún ayuntamiento, diputación, gobierno autonómico o estatal a hacer nada de lo hace respecto a las Artes Escénicas. Y eso no es saludable, eso provoca inestabilidad, propicia el escaqueo, lleva a que en unas épocas se construyan edificios y al día siguiente no se sepa qué hacer con ellos y en ellos, porque nadie, en ningún lugar se le ha ocurrido marcar un reglamento mínimo de usos y funciones de los teatros y salas de titularidad pública dedicados a la cultura de exhibición en vivo y en directo. Es un mal enquistado, que sería de agradecer se verbalizara y que alguna formación política de las concurrentes en los próximos comicios nos indicara si tiene alguna idea al respecto.
Decía que acompañamos un paso a la primavera con muchas propuestas, llevamos como es habitual últimamente, un suplemento a modo de catálogo de lo que va a suceder en Donostia en su dFERIA, una cita que lleva unos años asentando una propuesta clara, unos años que coinciden, curiosamente, con un equipo de gobierno en el ayuntamiento del que depende su organización, en manos de una opción política que no es la de siempre. Se apunta este detalle por si sirve de orientación para la responsabilidad que se nos viene a cada uno de nosotros al introducir una papeleta u otra en las urnas.
En momentos de máxima vagancia intelectual uno piensa que cuestiones como la Cultura deberían estar fuera de la pelea política. Y si bien, sí sería oportuno sentar las bases mínimas, el marco obligatorio donde establecer los anclajes de edificios, presupuestos, producción, formación y exhibición de cercanía, parece más que recomendable que cada opción política quiera marcar algunas diferencias en sus acciones de gobierno en temas culturales. Hoy, por mucho que nos queramos engañar, es muy difícil discernir sobre el partido gobernante viendo las programaciones de los teatros públicos. Hay una sospechosa uniformidad, por eso cuando uno nota realidades tan exuberantes, tan bien pergeñadas como lo que sucede en el Teatro Circo de Murcia, le lleva a pensar que sí, que los políticos condicionan, y deben tomar decisiones, pero que son los gestores los que deben marcar el terreno, proponer los planes, los objetivos y, desde luego, que les dejen cumplirlos. En este caso murciano me parece que se deben fijar todos. Su programación es buena, exigente, rigurosa y está incardinada con la producción local de manera explícita y colaborativa. Y tiene publicos. No quiero compararla con el otro teatro público de la ciudad para no amargar a nadie.
Puestos a señalar, yo voy a colocar mi obsesión actual en dos asuntos primordiales que pueden confluir: la necesidad de una ley de uso de los teatros públicos que deben convertirse en lugares de agitación cultural, de servicio a la ciudadanía en todo lo referente a las artes escénicas y visuales y comprometerse con la formación, la producción y la exhibición no como una suerte de ofertas oportunistas sino con fórmulas bien ensayadas como son las compañías estables y ello nos llevaría a intentar pensar en cambiar el paradigma productivo actual, porque parece un atraso muy grande seguir con un modelo económico en donde las producciones se deben amortizar de bolo en bolo, haciendo muchos kilómetros para cada uno, lo que distorsiona el coste de cada representación encareciéndola porque cuestan más el transporte, las dietas, que el salario de los actuantes. Lo lógico sería, en términos económicos y de buen aprovechamiento de las inversiones, temporadas estables en cada teatro, compañías residentes y de repertorio y giras muy controladas y mejor organizadas. Eso cambiaría todo el modelo productivo, la distribución de ayudas y subvenciones y de verdad se podrían establecer programas de creación de públicos de manera más eficaz.
Sí, es posible. El problema grave está en la ordenación territorial, en el famoso Estado de las Autonomías, en que estamos hablando de diecisiete consejerías de cultura, con sus equipos y sus normas y sus objetivos particulares. Pero quizás se entre en un periodo constituyente que tenga en cuenta también estos asuntos culturales básicos. Y para que nadie lo olvide, hay tres naciones sin estado pero con lengua propia, Galicia, Euskal herria y Catalunya, que deben diferenciarse, pero dentro de un marco de funcionamiento de similares características.
Ya me he metido en la prosodia discursiva, en los deseos, pero uno ve como están organizados otros países y siente envidia. Y sorprende que habiendo visto otros funcionamientos nadie los ponga sobre la mesa para que los asuman los políticos, o algún partido. Nada de lo dicho anteriormente se logra en una legislatura, eso sería fruto de un Gran Pacto de Estado por la Cultura, pero tan necesario, benéfico e ilusionante como cualquier otro más tasado. El ser algo a medio y largo plazo es su gran dificultad, ya que no parece que los políticos tengan más aspiraciones que el hoy. Una mirada auténticamente generosa hacia las generaciones venideras sería muy importante para dejar apuntadas las claves del futuro.
La vida teatral sigue, a trompicones, con cambios en lugares como Almería y sus Jornadas de teatro del Siglo de Oro, que plantean una edición de transición, pero que se apunta con voluntad de establecer otra proyección y un mayor asentamiento institucional. Siguen llegando estrenos, es decir siguen apareciendo brotes de ilusión, pero en paralelo crecen las desigualdades, las situaciones de empobrecimiento y de desclasamiento profesional y laboral.
Que los políticos y sus asesores, nos expliquen qué quieren hacer con la Cultura y las Artes Escénicas. Lo del IVA es fácil, bajarlo al mínimo o al cero, sin dilación, pero ¿y qué más? Difusión, regeneración social de los valores culturales democráticos, revisión seria, profunda, sin demagogias ni apriorismos de las instituciones dedicadas al ramo actualmente. Por ejemplo. Y consenso. Sí mucho consenso para posicionar la cultura como un valor de uso importante y necesario por sus repercusiones sociales y hasta económicas.

ARTEZ 203

Ficha técnica

Editorial
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